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Es
una práctica habitual dividir
la filosofía griega en dos
periodos correlativos: la
filosofía griega clásica y
la filosofía helenística.
Según esta división el periodo
clásico comienza con Tales
y se extiende hasta la muerte
de Alejandro Magno en el año
-323, y el segundo periodo,
el helenístico abarca desde
ese año hasta el final de
la República romana, en el
año -31. Cada uno de estos
periodos tiene sus propias
características, sus personajes
y sus escuelas.
Para
nuestros propósitos consideramos
que una división más adecuada
(solo para intentar una mejor
explicación) es la que toma
a Sócrates como un cruce de
camino. Antes de él están
los presocráticos, y a partir
de él se pueden considerar
dos tendencias: Por un lado
la tendencia oficial, cuyas
grandes figuras son Platón
y Aristóteles junto con sus
seguidores y escuelas. Por
otro lado una tendencia más
marginal y variada pero menos
conocida, que comienza con
ciertos discípulos de Socrates
llamados socráticos menores,
cruza parte del helenismo
y continúa durante la época
romana y contiene algunos
de los momentos más transgresores
de la filosofía. De esta última
tendencia es de la que vamos
a ocuparnos aquí.
La
época helenística fue un periodo
de profunda crisis, motivada
por diversos factores, entre
los cuales se pueden considerar
como importantes: la fragmentación
del extenso imperio de Alejandro
Magno, la desaparición de
la polis como lugar autónomo,
una fuerte recesión económica,
etc.. Factores que provocaron
un giro decisivo en el hombre
helenístico, que se va alejando
de las cuestiones cívicas
para volverse más hacia si
mismo. Este giro, en el que
la polis pierde su importancia
y la gente empieza a sentirse
como una pequeña parte de
un gran imperio con un vasto
territorio, implica también
el cambio hacia una nueva
forma de entender las cosas.
Los
filósofos buscan otros caminos
para conseguir que el individuo
pueda ser feliz al margen
de la colectividad. Por ello
además de buscar el conocimiento,
buscan también la parte práctica
del mismo, la que les proporciona
otra forma de entender los
cambios, que les pueden conducir
hacia la felicidad. El concepto
de felicidad (eudaimonía)
tiene hoy en día un significado
muy diferente al que tenía
en otros tiempos donde se
entendía como un paso para
alcanzar un estado, como un
logro personal.
La
renuncia a participar en la
vida pública y en los sucesos
mundanos es un requisito necesario
para la independencia del
filósofo, que trata de reducir
al mínimo cualquier necesidad
externa a si mismo y conseguir
el máximo de autosuficiencia.
Sócrates ha sido el filósofo
que a lo largo de la historia,
e incluso hoy, ha tenido los
partidarios más acérrimos
y los enemigos más radicales.
Ha sido calificado de todo
en uno y otro sentido, sin
embrago en su tiempo tuvo
muchos seguidores y es que
Atenas estaba en su mejor
momento histórico. Aunque
Sócrates se pasaba el día
charlando y dialogando, no
le gustaba escribir, asi que
la mayor parte de lo que conocemos
es por otros personajes de
la época, principalmente por
Platón, en sus diálogos. Esto
es lo que ha dado pie a las
diversas interpretaciones
de su doctrina. Durante este
período helenístico surgen
una variedad de movimientos
filosóficos de cierta importancia
y a los que las historias
de la filosofía suelen tratar,
cuando los tratan, con cierta
prisa: primero fueron megáricos,
cirenaicos o cínicos y después
escépticos, epicureos o estoicos,
entre los más conocidos. Hoy
en día esto más bien parece
una especie de catálogo de
gentes no muy recomendables
y con unas connotaciones ciertamente
negativas, sin embargo en
otro tiempo las cosas eran
diferentes.
Todos
ellos tienen en común una
nueva forma de ver y de relacionarse
con el mundo, desde el convencimiento
del hombre solo, autosuficiente,
que ya no siente ninguna preocupación
por lo social, porque al desaparecer
la polis asume que es inútil
intervenir en tan vastos territorios,
y se siente desarraigado y
cosmopolita.
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