La siguiente es una carta ficticia dirigida al presidente de la República Oriental del Uruguay. Para componerla me inspiré en algunos psicópatas, principalmente en mí mismo. Sé que éste es un sitio dedicado a la Filosofía, no a la literatura, pero considero que mis retorcidos escritos encierran un contenido filosófico. He aquí la carta:
Carta abierta al Presidente de la República Oriental del Uruguay
Excelentísimo señor presidente:
Dadas mis actuales circunstancias me veo obligado a solicitar su atención a fin de ponerlo al tanto de mi situación. He de decirle que soy un psicópata (sí, uno de esos tipos que las personas normales como usted consideran enfermos mentales) y, por ende, una potencial amenaza para mis conciudadanos. Solicito, pues, se me recluya inmediatamente en una unidad penitenciaria de máxima seguridad como medida preventiva a fin de evitar el inicio de mi carrera criminal. Quizás considere usted más apropiada a estos fines una institución psiquiátrica. De ser ése el caso, déjeme explicarle por qué considero tal opción como inapropiada. En primer lugar, mi enfermedad no tiene cura. Sería en vano, pues, intentar curarme. En segundo lugar, soy reacio a ingerir medicamentos, en particular psicoactivos (puede llamarme quisquilloso, si así lo desea). Asimismo, los psiquiatras y psicólogos me resultan de lo más fastidiosos y en absoluto “terapéuticos”. Diría que, por el contrario, me enferman tanto o más que el resto de mis congéneres. En caso de que acceda usted a mi petición, considero pertinente hacer algunas puntualizaciones con respecto a las condiciones de mi reclusión. En mi opinión, el confinamiento solitario sería la opción más conveniente, ya que no necesito mucho espacio y me siento más a gusto en soledad. Si fuese posible, también quisiera que mi celda incluyera una pequeña biblioteca con algunas decenas de libros raros de mi elección. Ni hablar de la computadora y el acceso a Internet, aunque más no sea la XO que ha puesto usted (permítame felicitarlo) al alcance de los presos comunes. Tampoco soy muy exigente con la alimentación: cuatro o cinco comidas balanceadas diarias bastarían. Con todo lo anterior, más un baño con ducha e inodoro y un pequeño patio con algunas pesas y una pelota de fútbol, me daría por satisfecho. Se preguntará quizás por qué debería el Estado subvencionar mi vida con el dinero de los contribuyentes. La respuesta es sencilla: sólo estarían pagando lo que me deben. La sociedad me enfermó. Lo justo, pues, es que, ya que no puede curarme, ella me mantenga. Una alternativa sería mi ejecución, pero para ello el parlamento debería ponerse de acuerdo y restablecer la pena de muerte, lo cual, usted bien sabe, es algo más que improbable, además de problemático. Dado todo lo expuesto, no tiene usted más remedio que dar lugar a mis reclamos. De lo contrario, y a mi pesar, me veré obligado a convertirme en uno más de esos asesinos seriales típicos de la sociedad estadounidense. No se imagina usted la frustración y el resentimiento que me ha generado ésta, mi sociedad, en todos estos años. No me obligue a hacerlo, señor presidente. No permita que mis manos y su conciencia se manchen de sangre.
|