Desde aquí puedo ver a mi vecina tomando el sol. Ardo en deseos. Quiero tocarla. Quiero sentirla. Quiero abrazarla. Quiero besarla. Quiero lamerla. Quiero penetrarla. Quiero poseerla. Quiero… ¡No! ¡No! ¡No! ¡No soy yo! ¡Eres tú! ¡Sí, tú! Casi logras engañarme de nuevo, haciéndote pasar por mí como de costumbre. Pero se acabó. Ya no me engañas: eres tú y no yo quien desea. Me has confundido por mucho tiempo, pero ya no más. Te he desenmascarado. Conozco tus intenciones. Seguramente creíste que podrías salirte con la tuya indefinidamente. Pues te tengo malas noticias: ahora soy como tú. Yo soy Ello. Sí, igual que tú. Somos Ello contra Ello. Ya no seré tu esclavo. Vivirás a pan y agua. Ya no fingiré, ya no mentiré ni me humillaré para complacerte. Seré fiel a mí mismo. Ya no me revolcaré con rameras y casquivanas. Ningún halago o piropo ni muestra falsa de interés o cariño brotará de mis labios con la solapada intención de seducir o llevar a la cama a mujer alguna. Ya no las soporto. Ni a ellas, ni a ti, ni a nadie. Sólo si esa mujer que vive en mis fantasías, ésa que me acompaña desde siempre, se materializa como por arte de magia, daré rienda suelta a tu lujuria. Hasta entonces seremos enemigos.
|